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Salto al camino: Valencia, Mislata, Quart, Manises, Loriguilla

Decía Antxón González en su libro “El gran caminante” (el cual estoy leyendo, por cierto, cortesía de cierta hospitalera de Castrojeriz) que había salido de su casa para iniciar el camino como un ladrón de guante blanco, de madrugada y sin despertar a nadie. Pues bien, mi salida se pareció más bien a la de un elefante, con guantes blancos ya que es la moda, buscando desesperadamente sus gafas de ver por una cristalería.

En primer lugar, la noche anterior me acosté tardísimo perfilando los últimos detalles. Además, el despertador sonó varias veces y lo fui apagando, como era mi costumbre por aquellos tiempos (ahora tengo un perro, ¡prueba a apagar eso!) Mi padre iba a acompañarme y entre unas cosas y otras, nos liamos todavía más: prepara el desayuno, ¿seguro que llevo todo?, algo se me está olvidando… etc. Cuando salimos de casa, el sol ya hacía rato que se había desperezado y nos daba los buenos días.

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Salí de casa con unas pintas que daban ganas de darme una colleja. ¡Sólo me faltaba ir en chanclas con calcetines!

Decidimos, ya que nos pillaba de paso, saludar a mi madre en el trabajo. Ella no se había dormido, claro está. Me sentí extraña al pasar entre las mesas para despedirme de ella. Yo con mis pintas de peregrina, empuñando la vara de almendro y haciéndome paso entre una recua de funcionarios perplejos, unos mirándome disimuladamente de reojo y los más allegados a la familia dándome ánimos.

Y así nos acercamos a la catedral de Valencia, con la duda de si entrar o no. Al final vimos el bochorno que se avecinaba y emprendimos marcha cuanto antes río arriba.

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Mis lorzas y yo, delante de la catedral de Valencia. Todavía con cara de sueño.

Caminábamos hacia Mislata. A mitad de camino nos paramos a hacer el panoli, estirándonos torpemente con las mochilas puestas. Una vez en el pueblo paramos un par de veces en librerías a ver si encontraba una libreta de viaje. Sin éxito.

Seguimos animadamente, hasta que a media mañana nos entró hambre y paramos un largo rato a buscar algo de bollería. Ya habíamos pasado Quart, me parece. Recuerdo que me resultó impactante haber pagado tantas veces el metro para llegar hasta allí, cuando en realidad no estaba tan lejos.

No me daba cuenta en aquel momento, pero mi percepción de las distancias ya estaba empezando a cambiar, como tarde o temprano nos pasa a todos los peregrinos.

El sol subía y subía implacable. Para cuando llegamos a Manises el calor empezaba a ser insoportable. Todavía tuvimos ánimo para hacernos un par de fotos y pasarnos por información turística a preguntar el camino. Un edificio precioso, donde tuve la oportunidad de vivir mi primera experiencia de: ¿¿el camino de sanquééé??? ¿¿eso no está en el norte??

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Información turística de Manises.

Por si fuera poco, perdimos las flechas a la salida de Manises y lo que debería haber sido un ameno paseíto entre naranjos se convirtió en un pase VIP para arder en los fuegos de Mordor. No había una maldita sombra.

A esas alturas ya empezaba a estar cansada y me sumí en un sombrío silencio. Pensaba en todos los problemas que había dejado atrás, todas esas estupideces del día a día que te queman por dentro y te desgastan sin darte apenas cuenta. Toda esa energía absurdamente invertida se reconcentraba ahora en caminar.

Cuando llegamos al final del polígono y vimos de nuevo las flechas fue casi como una aparición. El camino seguía y seguía como si no fuera a acabarse nunca. Todo pesaba, todo dolía y todo sudaba.

Paramos mil veces, se nos escapaban las fuerzas. En una de las paradas me eché una foto con una flecha, pensando en mandársela a mis amigos de la asociación valenciana acojonadora de peregrinos disidentes.

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Esto NO es un GR.

Ahora pienso en esa niña asustada y casi me parece otra persona. Era más de ciudad que los pasos de cebra. No había visto un pueblo realmente pequeño en la vida. Recuerdo con sorna y vergüenza haberle dicho a mi padre con toda inocencia:

-Bueno, no pasa nada, si nos hemos dejado algo ya lo compraré en el Merca de Loriguilla.

-Cariño… en Loriguilla no hay Mercadona.

-¿Qué? ¿Hay pueblos sin Mercadona? ¿Ni Consum, ni Lidl, ni nada?

-Efectivamente.

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No podía creerlo. En mi cabeza no cabía la imagen de un pueblo sin supermercado. Pero lo bueno realmente estaba a punto de empezar.

Cuando por fin vimos la torre de la iglesia de Loriguilla se nos encendieron los ojos. Llegamos a las cuatro de la tarde, achicharrados y reventados. El pueblo estaba desértico, caía la de cristo y la gente estaba echando la siesta. Nos acercamos a la fuente, bebimos agua a mansalva y nos tiramos en un banquito a la sombra que hay allí puesto a tal efecto. ¡Bendita fuente!

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¡Bienvenidos a Loriguilla!

Al cabo de un rato de descanso, mi hermano pasó con el coche para recoger a mi padre y me quedé por primera vez sola. Miré a mi alrededor las bellas casas blancas de Loriguilla y sentí un escalofrío de espectación.

Tendría que buscarme la vida.

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La soledad y el camino

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Justo antes de comenzar el camino de Santiago, escribí estos versos hablando de cómo me sentía respecto a la soledad. Tenía una intensa necesidad de enfrentarme a ella, de estar realmente sola, de experimentarme. El camino que recorrí de Valencia a Burgos me ayudó mucho en esta parte. No quería ver a nadie y efectivamente, la mayor parte de los días hasta por la tarde no me cruzaba ni a un alma. Esto me dio tiempo para reconciliarme conmigo.

Este camino, además de mucha magia escondida en la naturaleza, tiene la ventaja de ser un refugio para el que busque encontrarse a sí mismo, perderse sin nadie, llorar a solas, apreciar el sonido de su propia risa.

Decía Erich Fromm en su obra “El arte de amar” que “la necesidad más profunda del hombre es la necesidad de abandonar la prisión de su soledad. El fracaso absoluto en el logro de tal finalidad significa la locura, porque el pánico del aislamiento total sólo puede vencerse por medio de un retraimiento tan radical del mundo exterior que el sentimiento de separación se desvanece -porque el mundo exterior ha desaparecido-.

Sin embargo, durante mi andadura, el mundo exterior para mí no desapareció, sino que reapareció en forma de pura naturaleza, en forma de ríos, choperas, eriales y huertos. Valles, montañas y cielos. Hospitalidad sincera y calurosas bienvenidas. Quería lanzarme a la locura y en su lugar encontré este maravilloso camino y las gentes que lo pueblan.

Quiero compartir hoy con vosotros este texto. Detrás de cada verso se esconde dolor y belleza, a la par que se insinúa una certeza estremecedora: nunca estamos realmente solos.

Tengo una soledad tan enraizada,

que llega a lo más profundo de mi cuerpo,

alimentándose de mis ríos y valles,

de mis tormentas,

de mis miedos,

de esas promesas avergonzadas

por su tendencia al olvido.

Es el tipo de soledad que te contempla,

te observa aviesa desde encima de tu hombro,

no te deja ni de día ni de noche,

ni en la vigilia,

ni en sueños.

Tengo una soledad que se construye

a base de decepciones,

miradas hacia el infinito,

palabras crueles,

días eternos,

cansancio ingente,

camas vacías y llenas,

silencios que se apoderan de cuarto y alma,

como la oscuridad al apagar la luna.

Tengo una soledad avara,

estentórea y terrena,

víctima de mil decretos,

superviviente a tres naufragios de inocencia,

y cien reproches de madre.

Veterana en guerras de lágrimas,

suspiros a media noche,

trajicomedias en lirica y prosa,

discusiones con voz cortada,

desesperación constante,

y pérdida del norte crónica,

entre otras condecoraciones.

A menudo,

se abre como una amapola

y se quiebra como un farol,

dejándome a oscuras,

dormida,

derrotada,

inocua.

Vomito canciones con la voz desgarrada,

pero sigue allí.

Arranco letras de mi lengua averiada,

pero sigue allí.

Me ciego y me enfrío, pero no sirve de nada.

Ella sigue allí.

Como el recuerdo constante,

el acecho perpetuo

y la gula sin nombre.

Ese pálido y triste reflejo de las cosas que nunca serán,

de la baja autoestima,

de los grilletes sin sentido,

de los dolores de pecho,

de partirse la cabeza y romperse la vida,

de estar e vuelta de todo

y acabar dando vueltas como un gilipollas,

sentado en el duro asiento del metro circular de una ciudad enorme,

llorando a lágrima viva,

al compás de las gotas de lluvia,

mientras se aleja de mi…

otro de esos.

Estoy apagada de brillos en los ojos

y versos sin sentimiento.

Cuando todas las voces se han callado,

cuando todas las batallas se han perdido,

mi soledad sigue ahí.

La llama que prende mi vela,

la verdad que nunca se esconde,

el temor que siempre me lleva.

Cuando me miro a los ojos,

siempre la encuentro conmigo.

….

¿Y vosotros? ¿Habéis experimentado alguna vez este reencuentro haciendo el camino?

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Alojamientos en el Camino de Santiago de Valencia a Cuenca

El otro día estuve en la presentación del camino recién abierto en Loriguilla, el fin de la primera etapa que hice en el camino de Valencia a Cuenca (también conocido como Camino de Requena). Tuve la oportunidad de hablar un poco de mis impresiones y experiencias y volver a ver a la concejala que tan amablemente me atendió aquel día. También me hicieron algunas preguntas muy interesantes, entre las que se encontraba la siguiente:

¿Dónde te alojaste durante todo el camino?

Como bien sabéis los que hayáis hecho el camino (y a los que no lo sabéis os lo digo yo) cada peregrino tiene sus necesidades. De alguna forma, o al menos esto es lo que yo sentí, cuanto más caminas, menos necesitas. Pasaba yo por Atienza, cuando una mujer del pueblo me comentó:

-Pues yo el año pasado me quise dar un caprichito y me hice el camino del norte de parador en parador.

Olé ella. Pues sí. Cada peregrino tiene un presupuesto y unos requisitos diferentes. Como en mi caso no tenía ni un duro, pues fui a lo más ajustado. Así pues, respondiendo a esta pregunta, voy a hacer una relación de los lugares en los que pasé la noche desde que salí de Valencia hasta que llegué a Cuenca. A saber:

La primera noche en Loriguilla me hospedé en una casita que me dejó Itziar, una mujer del pueblo. Normalmente las alquila y están muy bien para pasar la noche. Seguramente hará precio a los peregrinos en cuanto empiece a haber afluencia.

En Buñol estuve en casa de un amigo de mi madre.

En Siete Aguas me hospedé por 10 euros en un albergue que hay a la entrada del pueblo, que ya está preparado para recibir peregrinos. La verdad que dormí muy bien, aunque se olvidaron de darme el agua caliente ¡uy!

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En Sieteaguas me alquilaron esta super habitación sin agua caliente… para cuando encontré al encargado ya me había dado la ducha.

En Requena me quedé en casa de uno de los miembros de la Asociación Jacobea de Requena.

En Fuenterrobles me hospedé en un club social que me dejó el ayuntamiento y me duché en las duchas de la piscina. Tuve que dormir en el suelo, aunque no me importó. Me dijeron que tienen un colchón, pero no pudieron ponérmelo porque estaban en fiestas y no había avisado con suficiente antelación.

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En Fuenterrobles dormí en el suelo, pero me invitaron a horchata con fartons por las fiestas del pueblo.

En Mira me alojé en el antiguo consultorio médico. Me encantó. Es de los sitios donde más a gusto he dormido. La cama era muy cómoda, pese a ser antediluviana. El sitio daba buen rollo. Tenía duchas y agua caliente. Por un momento pensé esperanzada que incluso tendría cocina, (tiene una habitación con los muebles de la misma) pero no, han quitado los fogones.

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Las maravillosas vistas de la puesta de sol desde mi cuarto en Mira, un pueblo extraordinariamente bonito y acogedor, pobremente retratadas por mi cámara.

En Cardenete estuve dos noches. La primera fue en el alojamiento que me proporcionaron al lado de la escuela, un lugar con camas y ducha caliente, que está bastante bien. La segunda me quedé en casa de mi amigo el Cazador, al tomé mucho aprecio y sobre el cual podréis leer próximamente aquí. Seguramente si empiezan a pasar peregrinos se monte algún tipo de alojamiento en alguna de sus propiedades. Y yo lo recomendaría, es un hombre con un cálido corazón de caminante. Si me da permiso comunicaré su nombre para hacerle publicidad.

En Monteagudo hay una señora que deja una casa rural, pero el día que el Cazador y yo llegamos allí, no estaba en el pueblo. Así pues, dormimos en el suelo del club social. Acabamos molidos.

Para compensarlo, al día siguiente, en Fuentes, dormí en un colchón extremadamente mullido en casa de una amiga del Cazador. Sin embargo, me consta que en este pueblo hay un albergue de peregrinos que está bastante bien.

Finalmente, en Cuenca hay un albergue de peregrinos en perfecto estado, completamente equipado a falta de cocina, con botiquín, duchas, mesas, fregadero… Me habría quedado varios días de no ser porque a la mañana siguiente tenía compañía en mi andadura.

Y hasta aquí mis comentarios al respecto. Sin embargo, no me cabe duda que de tener un presupuesto más elevado, habría tenido a mi disposición mejores alojamientos, es de cajón.

Quiero terminar con una frase que se dice mucho en el camino:

“El turista exige y el peregrino agradece”.

El asunto es que en el momento en el que pagas por un servicio, tienes derecho a exigir una calidad. Los peregrinos de antaño llegaban y tomaban lo que se les ofrecía, que muchas veces no debía de ser más que un suelo de tierra y un porche. En la actualidad, he oído de gente a la que en el camino Francés le han cobrado por dormir en el suelo de un polideportivo. Y a precio de cama.

Yo para eso habría dormido en el monte o en el porche de la iglesia. Pero ahí ya entran las necesidades y el presupuesto que cada uno tenga…

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Mi segundo paso: Una huida hacia delante

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No sé en que momento exacto decidí empezar desde Valencia. No me apetecía mucho realmente tener que coger el transporte hasta ningún sitio. Por otra parte, la idea de empezar desde la puerta de mi casa me parecía extremadamente romántica.

Al cabo de un tiempo de planificarlo todo y empaparme de más información de la que podía retener, descubrí que salía un camino desde Valencia y dos desde Alicante. El de Levante y el del Sureste se unían al Francés en Astorga, lo cual me parecía demasiado tarde. Además, el camino de Levante hace algo tan ridículo como bajar hacia el sur para luego subir de nuevo hacia el norte. Se ve que era necesario que pasara por casa de algún político, no lo sé. Por esta razón, esta vía quedó descartada casi desde el principio.

Sabía que probablemente estaría sola la mayor parte del tiempo hasta llegar al Francés, así que no tenía interés en retrasarlo mucho, por lo que el Sureste tampoco parecía buena opción.

Por otra parte, pasar un tiempo de soledad antes de unirme a una autopista de peregrinos, me parecía parte crucial en mi desarrollo personal. Lo necesitaba. Así pues, me decidí a tomar la Ruta de la Lana.

Pensé viajar en tren hasta Cuenca o algo similar, e incluso empezar en Alicante. Mientras barajaba opciones, un día apareció, como de la nada, la página de la Asociación Jacobea de Requena. Llegué a ella prácticamente a través de la wikipedia. En esta enciclopedia había especificado un camino que unía Valencia con la Lana y me puse a investigar como loca. Por fin había encontrado mi camino. Una vez decidida, ya no quería hacer otro por nada del mundo. Me leí su blog de cabo a rabo, me leí las guías, me aprendí las etapas. Y mientras tanto, el tiempo fluía y seguía haciendo mi trabajo de final de carrera, asqueada de todo y deseando cada vez más que se acabara el curso y llegara septiembre.

Sin embargo, el destino todavía me tenía reservada una agridulce sorpresa.

Unos meses antes del verano, durante el rodaje de un corto para la facultad, me enamoré como sólo nos enamoramos los idiotas y los poetas: demasiado rápido, demasiado mal.

Todo era perfecto al principio.

Compensaba el estrés del proyecto, las noches sin dormir y llenaba mis días de sonrisas. Después de unos meses siendo el uno el apoyo del otro, vinieron los primeros celos, las primeras discusiones, las primeras pruebas no superadas. Acabamos las clases y de repente teníamos más tiempo libre para hacer cosas que disgustaran al otro. Pronto llegó el empujar y tirar, el estar jodido y no saber si soltar o no.

Finalmente, el día de mi cumpleaños estalló todo y se acabó la cosa. Era agosto y mis compañeros estaban fuera. Pasé la siguiente semana en un piso vacío. Llorando, viendo pelis y comiendo porquerías.

Todavía tuvimos que vernos una vez más. Me dijo que iba a hacer el camino desde Astorga. Ya me lo había propuesto mientras estábamos juntos, casi como tentándome a dejar mis planes e irme con él un par de semanas en verano, para arreglar las cosas. Pero yo sentía desde hacía demasiado tiempo que tenía que hacer ese viaje en solitario, incluso desde antes de conocerle. Y llegados a este punto, no había opción, ninguno habría hecho el camino con el otro ni cobrando.

Quedamos cerca de la Asociación de Amigos del Camino de Valencia para recoger nuestras respectivas credenciales y que él me devolviera todas mis pertenencias que aún estaban en su casa.

Fue doloroso observar como una bolsa llena de recuerdos podía significar tanto y a la vez tan poco.

Entramos en el local sin hablar, casi sin mirarnos. Intentábamos aparentar normalidad. La mujer que nos atendía fue muy amable con él. Enseguida descubrieron que eran del mismo pueblo y empezaron a hablar animadamente, mientras yo callaba mirando los folletos que acababan de presentarnos. Pronto tenía la credencial en sus manos.

Cuando llegó mi turno, ella se esperaba que fuera a empezar también en Astorga. Al enterarse de que iba a caminar desde casa, desde Valencia, sacó un folleto y una credencial del camino de Levante.

-Verá, es que no voy a hacer el Camino de Levante. Voy a enlazar Valencia con Requena, Cuenca y la Ruta de la Lana.
La mujer se quedó unos segundos de piedra. A continuación intentó disuadirme, prácticamente tachándome de loca.

-Ese camino no existe. No tiene albergues, no está señalizado..

-Bueno, me he estado informando en la página de la Asociación Jacobea de Requena y por lo visto no hay ningún problema.
-No sé nada de esa asociación. Yo sólo sé que la forma de llegar de Valencia a Santiago es por el camino de Levante, por ahí sí que hay garantías y albergues…

-No necesito albergues. Ya encontraré donde dormir. Y el camino está señalizado, una vez llegue a Cuenca no habrá pérdida…

-Si de aquí a Cuenca no me preocupa, lo peligroso es de Cuenca a Burgos… ese camino no existe, no está señalizado. Y tú sola… ¿y si te caes por una grieta? Nadie podrá ayudarte.

-En primer lugar, si me caigo por una grieta será problema mío -empezaban a hinchárseme las narices. -Y en segundo lugar, ¿está insinuando que la Ruta de la Lana, sobre la que hay guías escritas, y que aparece claramente dibujada en el folleto que me acaba usted de ofrecer, no existe?

En este momento salió el voluntario de la mesa de al lado en su defensa.

-Pero tú que quieres hacer, ¿el camino de Santiago o un GR? -el desprecio era palpable en la actitud de aquel tipo. Por alguna razón no querían que hiciera aquel camino.

-Pues haré un GR -contesté enfadada y humillada. -¿Me va a dar la credencial o no?

Empezaron a meterse conmigo entre todos. Que si el camino que quería hacer no era el verdadero, que no tenía ni idea… Mi ex comentó que soy una tortuguita… En fin.

Al final me dieron los papeles y me dijo la mujer con tono de sorna:

-Bueno, si consigues volver, ¡pásate y me lo cuentas!

-Por supuesto, muchas gracias -contesté con acritud, haciendo amago de levantarme. Sólo quería salir de allí cuanto antes.

-Muchas gracias no, son tres euros -me informó la voluntaria. Se los puse encima de la mesa, recogiendo mis cosas de forma torpe y malhumorada.

Me sentía tremendamente insegura y desamparada. ¿Dónde me he metido? Me voy a caer por una grieta y nadie sabrá nada más de mi. Me había creído parte de sus palabras y estaba tremendamente asustada, a la par que minada la confianza en mí misma con la que me había dirigido a aquel lugar.

A la salida, mi ex pagó ocho euros por un bordón barnizado con la punta de acero y no pude evitar pensar en la especial vara de almendro que me esperaba en mi casa. Eso me tranquilizó.

Cuando nos despedimos, no quiso ni abrazarme. Creo que estaba avergonzado de mi. Bajó al metro casi sin despedirse.
Fui tras él como una estúpida, únicamente para encontrarme con la misma mirada fría y una coraza de indiferencia.
Recogí los trocitos de mi corazón magullado, los metí en la mochila, y empecé a caminar de vuelta a casa.

Al día siguiente, él se fue para Astorga y yo seguí llorando, comiendo porquerías y viendo la tele. No podía seguir así hasta septiembre. Había prometido a mi padre que estaría para su cumpleaños, así que establecí mi fecha de partida para un par de días después del mismo.

Pinté de blanco mi habitación del piso, que hasta el momento había tenido un precioso mandala pintado y las paredes violeta. Me llevé el colchón, la mesita, todas mis cosas. Las metí a toda prisa en maletas y una vez me fui, mi madre necesitó una semana para desempaquetarlo todo, clasificarlo y lavarlo. No me esperaba que lo hiciera, pero ella alegó que mi ropa olía toda a rancio.

Poco antes de salir, contacté con la Asociación de Requena y su respuesta no pudo ser más distinta de la que me habían dado en Valencia. Aunque yo ya estaba decidida, me tranquilizaron y me animaron a seguir.

Rota, con la tripa y el alma revueltas, emprendí una huida hacia adelante, una huida hacia mi destino. Siempre se me ha dado bien aguantar el dolor y seguir tirando. Tenía la sensación de que esto de caminar iba a ser lo mío.

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Mi primer paso: El bordón

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Especialmente durante mi camino de Valencia a Burgos, ya que no podía aparecer yo en la foto y sujetar la cámara al mismo tiempo, fotografiaba al bordón. Aquí estamos en las Tetas de Viana.

El 11 de Agosto de 2013, después de dos años viviendo en el extranjero, aterricé en España, así como en mi nueva vida. La verdad es que tenía ganas de volver. Los últimos meses en Alemania habían sido largos y deprimentes. La falta de sol me había bajado las defensas y los ánimos y las largas horas delante del ordenador en el trabajo que allí tenía no habían ayudado a mejorar mi estado.

Salí del avion emocionada, ofreciendo una imagen esperpéntica. Llevaba tres capas de ropa (plus el abrigo en la mano), y en los bolsillos de ellas, todo tipo de pequeños objetos e incluso libros. Esto tengo que agradecerlo a las extrañas políticas sobre el equipaje de mano de cierta compañía irlandesa. Debajo de todo aquello, iba enfundada en mi corsé de terciopelo lila, mano de santo para el dolor de espalda de los aviones, que me había garantizado tener que pasar a desnudarme a una sala aparte en el control del aeropuerto. Llevaba las gafas de sol, el sombrero calado hasta las cejas y las rastas sobresaliendo bajo éste, tan largas que me llegaban por las caderas. En el hombro una funda de guitarra, también petada de trastos inútiles que traía de Alemania. En una mano la maletita que llevaba como equipaje de mano, en la otra, un maletón gigante de 20 kilos. Unas mallas, unos pantalones encima de las mallas, otros pantalones encima de los pantalones (no cabían en la maleta) y unas botas altas, completaban la escena.

Me gusta pensar que bajar de ese avión fue mi primer paso para empezar el camino. Fue el primer paso para todo el cambio que vino después, para que dejara de tener la cabeza tan enfocada en granjearme mi propia infelicidad.

Unas semanas más tarde apareció él. Sabéis, he tenido más parejas de las que me gusta recordar. Pero desde que le conozco, si abrís mi cartera, veréis una púa naranja, una foto de carnet de cuando andaba yo allá por mis dieciséis y una foto suya, que me dio hace cientos de años y en la que aparece con una cara de susto impresionante. Creo que es de cuando le robaron la documentación en Londres y tuvo que fotografiarse en la embajada. De alguna forma, los ligues siempre van y vienen, pero los buenos amigos son los que quedan cuando todo lo demás parece que lo llevó la riada.

Pero permitidme que os lo presente. Él es un chico redondo y pecoso, con el pelo oscuro y rizado y unos ojos inteligentes y profundos. Lo conocí en Edimburgo, en un viaje para aprender idiomas. Era la segunda vez que salía de España y ahora me resulta curioso pensar que por aquel entonces había pasado quince años de mi vida sin coger un avión.

Desde el principio hicimos buenas migas. Él me daba de comer del lomo ibérico que había traído, (mi familia adoptiva era bastante tacaña), yo le chichaba y le soltaba pullas para picarle y él hacía lo mismo conmigo. Yo le llamaba gordo, él a mí, bigotuda y uniceja. No sé que infiernos debimos de vernos, pero nos hicimos amigos.

En los años sucesivos, volvimos a Edimburgo, fuimos a Alicante, nos visitamos mutuamente en Madrid y Valencia, viajamos juntos a Galicia, Irlanda, a Berlín, a la India… Él fue el que me metio en las venas el gusanito de los viajes y para cuando volví yo por fin a España, él ya se estaba marchando. Poco después de mi aterrizaje forzoso, apareció por Valencia con cara de iluminado y ese rastro suyo de melancolía cálida tan característico.

Acababa de volver del camino y empezaba un viaje alrededor del mundo.

Había empezado creo que en Roncesvalles, para finalizar en su tierra patria: Galicia, caminando acompañado de su fiel gaita, de nombre Farruquiña, y su cámara de fotos.

-Elena -me dijo. -Ha sido mágico. El camino es como la vida…

¡Qué razón tenía!

Me contó emocionado toda su aventura con pelos y señales. Al acabar me sentía como una niña, había compartido su iluminación, me había adentrado en un mundo fantástico que quería descubrir por mí misma.
Finalmente, se fue, sin que apenas tuviéramos tiempo para reencontrarnos. Había pasado únicamente para despedirse y dejar sus cosas en el trastero de mis padres. Recuerdo el día que salió de nuestra casa caminando rumbo al infinito y me quedé mirándole desde el balcón, hasta que su redondeada figura desapareció en el horizonte. Sabía que le echaría de menos, y durante mi camino pensé en él cientos de veces.

Pese a todo, había dejado para mi un inesperado regalo. Cuando meses más tarde me disponía a prepararme para empezar mi aventura, encontré entre sus cosas, junto a una espada láser de coleccionista, un bordón de madera sin punta, de los auténticos de peregrino, coronado por un cordón que en otro tiempo habría sido blanco.

Lo tomé en mis manos casi con veneración.

-Esté bordón ya ha estado en Santiago -me dije. -Me tiene que acompañar allí de vuelta.

Ha pasado más de un año y todavía no hemos vuelto a vernos. El Gaiteiro Errante recorrió media Europa, cruzó Rusia y llegó a Mongolia con el transiberiano para aterrizar finalmente en China, lugar donde se establecería por unos meses. Tantos que todavía sigue allí, trabajando, viajando por la zona y contando sus experiencias. Si tenéis curiosidad, podéis visitarle en www.diariodeunagaitaerrante.com. Le estoy preparando un logo para ese pedazo de página que tiene, espero que podáis verlo dentro de poco.

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La curiosa aventura de los cadáveres

El día antes de llegar a Finisterre había dormido con unos franceses en el albergue público de Vilaserío. Este albergue, según la gente del pueblo, se mantiene con los impuestos y es gratuito. Se duerme en el suelo, no hay calefacción ni cocina, aunque sí unas duchas bastante espartanas. Hay una caja de donativo que debería ir al ayuntamiento, pero está misteriosamente rota. Sin embargo allí está la mujer contratada para la limpieza, que cada día se pasa por el albergue diciendo que es la hospitalera y presionando para que le den donativos (que obviamente no van a parar al ayuntamiento). La intención inicial había sido llegar hasta Olveiroa, pero Galicia me demostró que era posible llover sin parar desde las 7 de la mañana a las 7 de la tarde, así que tuve que detenerme antes.

Mi objetivo de ese día era quedarme a doce quilómetros de Fisterra, en Corcubión. Estaba buscando un albergue específico del que me habían hablado maravillas, a 42 kilómetros de donde me encontraba.

Me puse en marcha con ánimos renovados. Había conseguido secar toda mi ropa. Caminar con los calcetines mojados es un suplicio.

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Emotiva primera vista del mar desde lo alto de la montaña, antes de llegar a Cee.

Ese día tuve un encuentro muy curioso. Al cabo de unas horas de caminar, perderme, llamar a mi madre desesperada para preguntarle si iba en la dirección correcta (con la lluvia que caía estaba todo el mundo escondido), estaba yo con el chubasquero puesto cual caperucita, caminando por un sendero inhóspito, cuando de la nada apareció una liebre inmensa. El animal corrió hacia mi de manera casi suicida, para en el último segundo fintar y pasar por mi lado sin rozarme siquiera, dejándome a cuadros. Cuando miro al frente me encuentro con un lobo enorme corriendo hacia mi. Me quedé petrificada un instante, el suficiente para que el animal me viera, parara en seco y saliera corriendo en la otra dirección como si hubiera visto al mismísimo demonio.

No podía creerlo. En silencio seguí caminando, agradecida por la insólita escena que acababa de presenciar.

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Bifurcación del camino Muxía/Fisterra.

Cuando llegué a Corcubión, ya entrada la tarde, los calcetines se habían vuelto a humedecer y cojeaba bastante. Eran las siete y empezaba a anochecer. Subí la cuesta empinada que lleva hasta el albergue. Me perdí varias veces preguntando a los vecinos, hasta que finalmente encontré la carretera que todo el mundo me indicaba cruzar. También me habían avisado varias veces de que se acercaba una tormenta. “No pasa nada”, me dije. “Pronto estaré a cubierto”. Cual fue mi sorpresa al encontrarme frente al edificio, pues estaba cerrado por fumigación. Chinches.

Un poco contrariada, me encogí de hombros, revisé las pocas existencias que me quedaban en la mochila y busqué un buen sitio para montar la tienda delante del albergue, antes de que se pusiera a llover. Me había hecho la ilusión de una cena y una ducha caliente.

Justo cuando estoy a mitad de montar la tienda empieza a caer el diluvio universal. Clavo todas las piquetas que quedan a toda prisa y me escondo en el porchecito, llevando conmigo la mochila. Tengo que defender mis provisiones del gato del albergue, que está especialmente pesado y al acecho del momento oportuno. La noche es oscura y no hay luces cerca.

Había amainado ya un poco y me encontraba yo acomodándome en la tienda cuando vi la luz de otro peregrino acercándose a la puerta.

Creo que ambos nos reconocimos al instante, pero tardamos bastante más en creernos semejante coincidencia.

-Esa voz me suena. ¿Elena?

Cómo me alegré de verle. No es lo mismo encontrarse arrinconado en un porche solo, esperando a que pase la tormenta, que hacerlo junto a un amigo.

-Ayer te esperé en el albergue de Vilaserío hasta la una de la tarde -me contó. -Como vi que no aparecías pensé que habías pasado de largo.

En realidad llegué mucho más tarde debido a la lluvia incesante.

Me contó que había estado en Negreira pidiendo y que en cuanto había tenido suficiente para seguir caminando había continuado en dirección a Fisterra. Había caminado de Vilaserío a Cee el día de la tormenta apocalíptica y se había dejado los pies llenos de llagas sangrantes. No sé si lo he comentado ya, pero el Mago solamente caminaba con sandalias, como Jesucristo. Aunque eran sandalias de Trekking, pero estábamos en Noviembre y hacia un frío del carallo. Después se había quedado en Cee todo el día que yo había caminado el mismo trecho y acababa de subir a ver si le daban algo de cenar y una ducha caliente.

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Atardecer en la ría de Corcubión.

Nos abrazamos y apoyados el uno en el otro iniciamos el descenso hacia Cee para buscar un sitio donde pudiéramos dormir los dos. Pasamos por el supermercado a comprar una botella de vino. El Mago había sido hospitalero en el albergue de Corcubión (el que estaba cerrado) y conocía al hombre del súper. Hablaron un buen rato mientras yo hacía muecas de dolor apoyándome en el bordón.

-¿A quién se le ocurre caminar con los calcetines húmedos? Me parece que tienes un principio de pie de trinchera… sigue así un par de días más y verás qué risa.

-Habló el de los pies sangrantes…

-¡Es mucho mejor tenerlos al aire!

Entre pullas y sonrisas nos situamos en un soportal acristalado, al que le faltaba una puerta. Resguardaba bastante del viento y había ya puestos algunos cartones, como señal de que alguien había dormido allí antes.

Estaba lleno de roña.

-Aquí hace falta una escoba -dijo él. Acto seguido, salió a la calle, echó un vistazo y encontró de inmediato un ramo de palmera con forma de escoba, que sirvió perfectamente para el propósito.

-¿Pero cómo te has fijado en eso?

-El camino te pone delante todo lo que necesitas si sabes pararte a verlo… -contestó.

Después de instalar nuestras esterillas en el suelo, me quité los calcetines y el Mago me secó los pies, los examinó y me curó el estropicio un poco con betadine. Parecía que toda la planta de mis pies se hubiera vuelto porosa. Estaba hinchada y tenía como agujeritos. Hormigueaba y dolía. Pero estaba muy contenta de poder estar allí.

Compartimos provisiones. Cenamos sandwiches y bebibos vino. Ya estábamos bastante felices, sobre todo yo, cuando un hombre mayor pasó frente a la puerta y se detuvo.

-Os vais a congelar aquí, poned unos periódicos tapando la puerta para tapar el viento al menos…

-Podríamos poner uno de los chubasqueros -propuso el mago.

-Muy bien. ¿Os falta de algo? ¿Estáis bien aquí?

El mago y yo nos miramos un instante y contestamos casi a la vez:

-Bueno, estáriamos mejor con otra botella de vino.

Al hombre le hizo gracia. La escena no era para menos. Estábamos los dos durmiendo en el suelo, comiendo frío, con los pies hechos cisco y guarros a más no poder. Pero nada de eso nos importaba.

-Me habéis caido bien. Dejad las mochilas aquí y venid al bar conmigo.

Lo pensamos un instante, pues en las mochilas llevabamos nuestras vidas. Pero tampoco llevábamos nada de valor. Así pues, nos fuimos con él al bar y dejamos el equipaje.

El hombre nos invitó a un tinto buenísimo, acompañado de tapas de pulpo y embutido. Al cabo de un rato charlando sobre nuestras aventuras y sobre su vida, se nos queda mirando y nos dice:

-Os voy a decir una cosa. Oléis fatal. Tenéis que veniros a mi casa a tomar una ducha. Y ya que estáis, os podéis quedar a dormir en las camas. Está el cuarto de invitados un poco como un trastero, pero estáreis mejor allí que fuera.

Tras un momento de indecisión, decidimos recoger nuestros bártulos e irnos con él.

El hombre había sido capitán en la marina. En el recibidor de su casa tenía colgados los escudos de todos los barcos en los que había navegado, tallados en madera. Y eran unos cuantos. La habitación que tenía reservada para nosotros tenía dos camitas y un montón de trastos alrededor.

Nos sentamos junto a unas copas de vino en el amplio salón de su casa, con la tele puesta, pero casi sin mirarla. Sacó algo de picar, no recuerdo muy bien el que. A esas alturas el vino empezaba a hacer de las suyas. Pero nos quedamos sobrios de golpe cuando el hombre conmentó:

-Bueno, pues voy a sacar los cadáveres.

Cadáveres. Vale.

-¿Cadáveres?

-Sí hombre. Unos cadáveres.

Le seguimos a la cocina con el culo torcido y le vemos sacar del congelador ni más ni menos que una bandeja de gambones.

-Unos cadáveres. Los hacemos así a la plancha… seguro que os apetecen con el vinito, ¿eh?

Con la boca abierta le ayudamos a cocinarlos a la plachita y nos los comimos que daba gusto. Parecía increíble que una hora antes hubiéramos estado en la calle comiendo un sandwich de salami.

Dormimos un poco extrañados en aquellas camas. Teníamos el cuerpo más acostumbrado al suelo.

A la mañana siguiente el hombre nos hizo un colacao y un zumo de naranja recién exprimido, que me supo a gloria. Nos puso el deshumidificador para secar mis botas y la estufita para que nos pudieramos duchar y secar la ropa recién lavada.

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Mojón situado en la última etapa del camino, entre Olveiroa y Cee, en un tramo de 15 km sin poblado.

Ya tardísimo, partimos para Fisterra, con el corazón animado, la ropa limpia y seca y por mi parte cierta emoción. Llegaba al destino de mi viaje, después de unos 1200 km de camino.

Había cruzado de punta a punta la península.

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El Mago Errante (III)

Todavía no he dicho por qué fue tan importante para mí el mago. La verdad es que nos reflejabamos el uno en el otro. Eramos desgraciadamente similares y afortunadamente parecidos. Rápidamente caímos en una admiración mutua, en una confianza de esas que dan asco y un cachondeo infinito. Nos reíamos mucho. Todos los días, a todas horas. No podía evitarlo. El mago me hacía reír. Por la forma de tomarse la vida que tenía. Y creo que yo a él también debía hacerle gracia. No sé por qué, pero recuerdo muchas horas de risas conjuntas.

Como nos parecíamos tanto, encontrábamos rápidamente lo absurdo de nuestras conductas al vernos reflejados en el otro. Yo le contaba de mis amores y desamores y él me contaba de los suyos y al final nos acabábamos mirando y descubriendo que tampoco debía de ser para tanto. Al contar los problemas largo tiempo contenidos en voz alta era como si se liberaran y se hicieran más ligeros.

El Mago era un hombre brillante, con una inteligencia envidiable. Yo elijo bien a quien parecerme, faltaría más. Había sido legionario y transportista. En algún momento había pasado varios meses trabajando sin cobrar o una historia semejante y se había estampado conduciendo su coche, según recuerdo. Siniestro total y para acabar de rematar la faena, su gato se escapa y no vuelve. Así pues, se fue a hacer el primer camino con casi nada de dinero encima. A la vuelta, lo que no vendió lo regaló o lo tiró. Llevaba cuatro años en el camino cuando yo le conocí.

Al cabo de estar yo una semana en Fisterra, subió él al campamento con una tienda para cuatro personas, reciclada de la Casa del Viento. Aunque mantuve montada mi tienda, al final acabé durmiendo con él casi todas las noches. La gente nos preguntaba si éramos pareja, porque íbamos juntos a todas partes. La verdad que hacía más el papel de padre, aunque con el mío nunca podría llegar a ese grado de complicidad. De hecho, a veces me sorprendía al escuchar en su boca frases que solía decir mi padre y me hacía gracia…

(el viernes más)

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El amor en tiempos del cine

Hoy me gustaría escribir un poco sobre algo a lo que vengo dando vueltas durante el fin de semana, ya que para celebrar que ha sido San Valentín, el día de los enamorados, han estrenado 50 sombras de Grey y a las gentes del primer mundo nos afectan mucho estas cosas.

Yo no he visto la peli, ni me he leído el libro, ni este artículo quiere ser sobre 50 sombras de Grey. De hecho, voy a desviarme voluntariamente de ese tema. El asunto es que a raíz de esto, he aprovechado para volverme a ver algunas escenas de películas romanticonas. Porque yo, como todos, soy una sentimental.

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Lo que pasa es que como me dedico a los audiovisuales, me queda siempre un poco de juicio despierto hacia lo que me entra por los ojos, incluso cuando se me enciende el reptilito ancestral que quiere encontrar pareja y tener hijos. Porque para eso estamos programados, no nos vamos a engañar.

Cierto es, que los medios se aprovechan despiadadamente de nuestros impulsos de reptil. A lo mejor tener pareja no es lo que quieres conscientemente, o no es lo que te va a hacer realmente feliz, pero esas hormonitas tan inteligentes que nos afectan como a cualquier otro bicho viviente, nos las hacen pasar canutas.

Además, ahora mismo en la sociedad en la que estamos tenemos unas carencias afectivas que vaya tela. Cualquier contacto físico lo interpretamos como sexual a las primeras de cambio y nos empezamos a comer el tarro. ¿Qué quería decirme con esa mirada? o ¡Me ha tocado el hombro! ¿qué intenciones tiene? Y al final terminamos acabándole las historias al prójimo y creando nuestra imagen de los demás en base a un montón de suposiciones. Incluso la de nuestra propia pareja.

Mezclamos las hormonas con el amor y en nuestras cabezas pasan a ser prácticamente lo mismo. Subestimamos la influencia que tienen los medios audiovisuales en este proceso. Las películas nos llenan con palabras y nos generan deseos incompletos: Sólo busco alguien que me quiera… Nuestro amor es imposible… Salía con tu amigo porque estaba enamorada de ti… Si te tiras tu, me tiro yo… ¡Píntame como a una de tus chicas francesas! ¡Ole! Y la lista sería infinita.

Sin embargo el amor es algo mucho más sutil que un flechazo, un impulso o un sentimiento. Es algo que se construye de muchas cosas, por lo que me parece.

Hace tiempo le dije a mi madre: Para mí el amor es un sentimiento como decalorcito en el pecho. Personalmente lo relaciono con pensamientos de que una persona es muy especial y agradecimiento de que exista, porque con ello también mehace a mí mejor persona. Hay también una sensación de confianza, hasta el punto en que no solamente sientes elcalorcito, sino que además sabes que tesacrificarías por esa persona sin pedir nada a cambio. Se complementa con la fuerte sensación de que esa persona haría lo mismo por ti. Creo que hay un antes y un después de que este impulso se haya puesto a prueba y demostrado por una o por ambas partes en una relación. Esto lo da únicamente el tiempo. Es el tiempo el que desarrolla un sentimiento de complicidad, de apoyo mutuo, de fidelidad… Esto no lo alcanzo con mucha gente, ya que cuesta años de relación.

Años. Este amor no empieza con un flechazo y un subidón sino como algo muy, muy tenue. No es una respuesta inmediata a la soledad de dos personas, es algo que se va construyendo poco a poco, que sucede sin darte cuenta. No piensas en ello, no te comes el tarro. Ni lo buscas, ni lo deseas, simplemente sucede, como pasa con los buenos amigos. Lo que pasa es que si nos dijeran esto en las películas, además de que nos parecerían aburridas, pues a lo mejor nos incitarían a sentir normales y completos con lo que tenemos. Y eso no interesa.

Hollywood no para de vendernos una respuesta a nuestra soledad. Una cura momentánea, una ilusión que pretendemos plasmar en nuestras vidas. Cuando lo que realmente necesitamos es enfrentarnos a esa soledad, a nosotros mismos. Nadie va a venir a salvarnos, pero ellos viven de prometemos que sí. Si compras este producto, si lees esta novela, si haces lo que yo te digo (y me pagas, por supuesto), Superman aparecerá y seréis felices para siempre.

Sí, ahí están las películas, generándonos esas necesidades, enseñándonos desde niños cosas sobre el supuesto amor de manera muy sutil. Y además están los anuncios, diciéndote que tienes que ser guapo, alto, lampiño.

A mi se me caen las bragas mirando a Brad Pitt de joven como a cualquier otra, pero… no lo querría en mi cama ni de coña. Ni querría ser como Angelina Jolie. No hay que olvidar que esas imágenes, esos personajes, esos actores, no son reales. Están maquillados, vestidos e iluminados para que lo parezcan, sí. Pero no lo son.

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Es sorprendente como en la era de la comunicación recibimos tan poca formación audiovisual.

En el cine, mediante iluminación, maquillaje y postproducción se puede conseguir lo mismo que con un buen trabajo de Photoshop. Y si no, siempre se puede usar dobles. Un ejemplo curioso de esto son las manos de Leonardo di Caprio en Titanic mientras la pinta a ella. En realidad son las manos de James Cameron, 20 años mayor que él, y la imagen está espejada para que no se vea que uno era zurdo y el otro diestro.

Otra cosa muy sutil es la iluminación. Es sorprendente hasta que punto la misma escena iluminada en colores cálidos puede parecernos sensual e iluminada en colores grises puede crearnos tensión. También los planos y como se montan, son toda una herramienta de expresión y transmisión de ideas. Por ejemplo, una película lenta, como podría ser Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (hasta el título es lento) nos da la oportunidad de no tragar un montón de imágenes que no nos da tiempo a digerir, sino de reflexionar sobre los mensajes que se transmiten y sacar conclusiones. Esto por alguna razón lo he visto más en el cine oriental, parece que allí tienen otra cultura audiovisual. Sin embargo las películas americanas tienen tendencia a flashearnos con escenas de acción, planos que duran menos de un segundo e información sin pausa que resulte inmediata y atractiva.

Los que nos dedicamos a la imagen nos convertimos tarde o temprano en maestros de la manipulación. Lo que no se ve, no existe. Pero lo que se ve sólo durante un instante, existe más.

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Otro elemento de manipulación potente que suele pasar muy desapercibido es la música. En cuanto te fijas un poco y empiezas a escucharla en lugar de simplemente oírla, te das cuenta de que se está usando descaradamente para decirte qué debes sentir con cada plano. En muchas escenas dramáticas, que en realidad no serían para tanto en la vida real, te ponen una música tan triste que la próxima vez que vivas una situación parecida, es muy probable que de manera subconsciente la asocies a eso. Así de una tontería harás un auténtico drama, cuando en realidad tomándotelo todo con calma se podrían solucionar los problemas de manera más asertiva. Un ejemplo de esto son los reality shows. Os propongo que os detengáis a escuchar por un momento la música que ponen a estos programas y después quitar el sonido. La diferencia es abrumadora.

Pero bueno, somos de carne y hueso y queremos ser como los de las películas. Queremos el drama, queremos protagonismo, porque nos aburrimos. La seguridad de saber donde vamos a dormir mañana y de que tendremos esta noche qué comer, genera la necesidad de entretenernos en cosas banales, de soñar con la aventura sin llegar realmente a ser más que una sombra de ella.

Creo que este es uno de los motivos también por los que el camino engancha a tanta gente y las relaciones se fortalecen tan rápido. Porque en la vida habitual, el ciudadano medio no tiene la costumbre de enfrentarse a retos físicos e incomodidades, a estar solo y a tener que buscarse la vida constantemente. Al ser puestos en el lugar para el que nuestra naturaleza y nuestros instintos están diseñados, nuestras hormonas se revolucionan y se equilibran.

Esto también pueden hacerlo entretenimientos como el cine, la lectura y el deporte. Lo que pasa con los dos primeros es que están en muchos casos creados para generar una respuesta emocional involuntaria en nosotros y desequilibrarnos, más que al contrario. Y una persona desequilibrada es una persona a la que es más fácil venderle cosas para ser feliz. A la industria no le interesa que seamos felices, sino que salgamos del cine habiendo generado una necesidad, para vendernos como conseguirla.

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Así pues, sugiero que veamos el cine con un ojo un pelín más crítico. Si somos conscientes de que están intentando manipularnos, podremos defendernos de ello y disfrutar del cine desde otra perspectiva. Como por ejemplo, por el valor artístico que tiene como reflejo de la cultura imperante, que es una de las muchas funciones del arte, o como un medio para conocernos mejor, analizando nuestras reacciones frente a ciertos contenidos. Yo soy la primera a la que se le cae una lágrima viendo Big Fish o el corto Paperman (menuda llorera agarré), pero soy consciente de que esas emociones muchas veces no provienen de mí necesariamente, sino que son un espejo de mis carencias. La persona que ideó esas películas estaba buscando precisamente eso.

Propongo que olvidemos las soluciones fáciles que tanto intentan venderle a nuestro cerebro de reptil. El amor es cuestión de tiempo, respeto y cariño. Blindados con ese saber, podemos disfrutar de la ficción.

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El Mago Errante (II)

El Señor se apresuró a presentarse y darnos explicaciones de sus pericias en la calle. Contó que había viajado de Italia a Santiago en veinte días sin un euro en el bolsillo.

-Cáritas me pagó el viaje a Italia -bromeaba. -Decían que soy adicto a la bebida. Yo creo que sólo se me querían quitar de encima. Al llegar a Italia se dieron cuenta de que no tengo ningún problema. Así que me volví a Santiago a preguntarles si me pagaban también unas vacaciones en Canarias. ¡Menuda cara me pusieron!

En seguida entre los tres nos contaron que llevaban un mes viviendo en Sarria, que habían hecho el camino arriba y abajo repetidas veces por separado y que, como nosotros, no tenían todavía claro donde iban a estar dentro de dos o tres días.

El lugar que habíamos elegido para dormir era bastante malo, según nos dijeron. Toda la noche pasaban camiones, porque estaba junto a una de las salidas de la ciudad. Ellos iban a pasar la noche en un lugar apartado, en la otra punta de la ciudad, pero al lado de la salida hacia el camino que tendríamos que tomar al día siguiente. Había enchufes, agua corriente e iban a hacer una barbacoa a la que estábamos invitados. La verdad que se nos encendieron los ojos de pensar en poder cargar el móvil y lavarnos medio decentemente.

Al cabo de un rato de charla, se fueron, prometiendo estar en un rato en el sitio acordado. Nosotros nos quedamos solos y discutimos sobre si deberíamos ir o no. Finalmente el Hombre del Lagarto decidió quedarse allí y la otra chica y yo nos encaminamos costosamente hacia la parte alta del pueblo junto con la perrita. Estábamos cansadísimas, pero cuando llegamos allí y vimos el sitio, nos motivamos de nuevo. Estaba techado y tenía mesas. Cerca había unos grifos que soltaban agua a presión, pero que nos vinieron de perlas para una ducha.

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Empezamos a hacer una ensalada y cuando llegaron los otros tres encendieron las luces (tenía truco), hicieron unas brasas improvisadas con carbón del súper y se pusieron a cocinar la carne.

Fue una velada muy divertida, donde nos enteramos de los pormenores del día a día de aquellos tres vagabundos. Al cabo de un par de horas teníamos rotos todos los esquemas sobre la gente que vive en la calle. Nos comentaban cosas del camino, se reían de sí mismos y de su situación, hablaban de lo que hacían sin vergüenza ni pelos en la lengua… Personas normales, con sus problemas, sus alegrías y sus vicios. Simplemente no tenían dinero más allá de lo que pudieran conseguir hoy.

Desde el primer momento sentí una energía especial en el Mago. En seguida encontramos temas de conversación sobre el camino. Le encantó escuchar la historia de como llegué a casa del Alquimista y me contó también un poco de cómo había sido su estancia allí las veces que había estado.

-Yo le di la idea para el cartel ese que tiene en el camino -me contó. -Es muy interesante lo que hace con los minerales. ¿Te tiró las cartas de los animales? ¿Qué te salió? ¿El Oso? ¿Y qué significa?

El Mago era un caso especial con esta baraja de cartas, ya que le había salido el Cuervo repetidas veces. En casa del Alquimista le conocían ya por “el Cuervo” por lo que me dijo.

Hablamos los dos hasta tarde y nos costó separarnos para irnos a la cama.

A la mañana siguiente, se levantaron temprano y se fueron tras una breve despedida.

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Creo que algo cambió ese día. Empecé a confiar más en los demás y también en mí misma. Perdí un poco el miedo a acabar en la calle algún día. Siempre me lo habían pintado como algo horrible y aquellos tres tipos parecían más felices que mucha gente con trabajos estables.

Llegados a ese punto, yo ya había caminado más de mil quilómetros y empezaba a entrar en la parte espiritual del camino, en Galicia. Una fuerza increíble parecía arrastrarme hacia el lugar adecuado en el momento preciso y empecé a ser capaz de escucharla, latir a su ritmo. Era como un calorcito por dentro que me recordaba que todo iba a salir bien.

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Ahora me gustaría poder volver a encontrarla en Valencia.

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Camino

El Mago Errante (I)

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Impresionante árbol en Sarria

Llevo tiempo pensando escribir sobre él. Resulta siempre más difícil hablar sobre las personas a las que amamos ¿no? Especialmente cuando pienso que a lo mejor en algún lugar perdido el Mago quizá lo lea. Ojalá le lleguen al corazón mis palabras y sonría y sienta fuerzas renovadas.

Por otra parte, es relativamente fácil malinterpretar la relación que tuve con él. Nosotros mismos a veces no sabíamos qué esperar del otro. Eso únicamente lo hacía más bonito. Hubo días buenos y días no tan buenos, pero al final lo que se recuerda sin hacer esfuerzo es la suave cadencia de la confianza haciéndose más fuerte, la aceptación sin preguntas de ese encuentro fortuito y esas miradas en las que nos veíamos tan reflejados el uno en el otro, que no hacían falta palabras.

Para contar esta historia, deberemos tomar un poco de distancia de Fisterra y transportarnos al Camino Francés, específicamente a Sarria, lugar al que llegamos después de una caminata de 9 kilómetros. Veníamos de casa de un señor que decía ser alquimista y posiblemente lo fuera. La pareja con la que caminaba también tiene historia propia, pero podemos dejarla para otra ocasión. Me gustaría llamarlos el Hombre del Lagarto y la Mujer Extraordinariamente llena de Amor. La Mujer Amorosa, más corto.

Como podéis imaginar, también les cogí mucho cariño a ambos. Con ellos venían dos Perritos, uno de ellos un cachorrete y la otra una hembra pequeñita, compañera de la Mujer Amorosa. Por esta razón, dormir en Sarria en un albergue se descartó prácticamente desde el principio. La idea era dormir en casa de un amigo del Alquimista, pero dio la casualidad de que no estaba en casa y no contestaba al teléfono. Entre unas cosas y otras, se nos hizo tarde para seguir caminando hasta el siguiente pueblo.

Yo había pasado la tarde haciendo recados. Un cristal de mis gafas había saltado por los aires esa mañana, entre otras cosas. Después me senté al lado del Hombre del Lagarto, que estaba pidiendo en la puerta del supermercado. Había venido desde Italia sin dinero, pidiendo en Cáritas y en la puerta del supermercado, trabajando de lo que pillaba y demás. Nunca había permanecido mucho tiempo al lado de alguien que pide, ni me había tomado la molestia de hablar con ellos. Tampoco lo he vuelto a hacer desde que volví a Valencia.

Me pareció fascinante la habilidad con la que se desenvolvía. Tenía un dulce acento italiano, que explotaba para sonar entrañable. Por lo que luego me contó el mago, la técnica que estaba usando es “el parón”, es decir, ir parando a la gente y preguntando si te dan algo. Esto solamente se puede hacer si no vas a pasar mucho tiempo en el sitio donde lo estés haciendo, porque al cabo de muy poco la gente ya te conoce, pero tú no te acuerdas de ellos y los vuelves a parar. Lo bueno es que se hace dinero más rápido que simplemente sentándose y poniendo cara de pena.

En cuanto tuvo suficiente para seguir el viaje esperamos a que la Mujer Amorosa volviera de mirar internet y empezamos a buscar un sitio donde hacer la cena y dormir. Yo había visto un porche de una iglesia relativamente resguardado mientras buscaba la casa del amigo del Alquimista, así que nos dirigimos hacia allí. De camino, el Hombre del Lagarto paró en un restaurante dominicano para ir al baño. Salió con la cena debajo del brazo.

-Los dominicanos siempre son muy amables -comentó. Había aprendido español de los dominicanos en Italia y ya me había hablado muy bien de ellos esa tarde. Efectivamente, yo también había estado ese día en el restaurante y me habían parecido encantadores.

Cuando llegamos a la iglesia nos dimos cuenta de que no podríamos dormir allí a salvo. El suelo estaba ligeramente húmedo, lo que para mí que no había dormido realmente al raso en todo el viaje no habría sido un problema. Y me hubiera mojado pero bien. Si el suelo está húmedo es por algo.

Por suerte mis dos compañeros ya tenían amplia experiencia con esto de dormir en la calle. Lo llevaban haciendo desde Burgos. Así que seguimos buscando un sitio mejor. Estábamos cansados, pero motivados. Finalmente encontramos otra iglesia con porche, esta vez con el suelo de mármol y elevado. Nos empezamos a preparar para hacer algo de cena y sacamos las esterillas.

En ese momento vimos pasar un hombre con barba y mochila, un peregrino. Llevaba el bordón y la concha. Se trataba del Mago, que disimuladamente pasaba para observarnos, pero eso no lo supimos hasta poco después.

-Otro peregrino que llega bien tarde -comentamos. Eran ya cerca de las diez y los albergues debían de estar cerrando.

No había pasado mucho tiempo cuando tres hombres se acercaron a donde nosotros estábamos estableciendo nuestro campamento. Él era uno de ellos. La verdad que tuve un poco de miedo.

El Señor de la Calle fue el primero que se dirigió a nosotros, con mucha educación y una sonrisa en los labios. Era un hombre de edad media, afeitado, con el pelo gris ya un poco largo y los ojos oscuros e inteligentes. Su tono era amable y abierto.

Le flanqueaban el Muro y el Mago Errante. El primero era un armario ropero. Gallego, ojos azules, muy cuadrado por todas partes, un poco de barba, piercings en las orejas. Era el más impresionante, especialmente por la altura.

El Mago era un hombre enjuto y moreno, con un poco de coronilla. Daba un aspecto un poco desaliñado. Dejaba crecer una barba encrespada que le cubría todo el rostro. Sus ojos eran profundos como pozos, pero de eso me di cuenta más tarde.

Ya estábamos los tres alerta, cuando el Señor nos saludó cordialmente y preguntó con voz afable:

-¿Vais a dormir aquí?

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